Empezaba a despuntar el día y aun no se había levantado ninguno de mis compañeros. Desde la ventana de mi cuarto podía ver las inmensas parvadas de patos que sobrevolaban la marisma en todas direcciones.

Por: Ramón Estalella.

Secretario General de Zontur

España.

La llegada a México me habia hecho recordar los maravillosos momentos pasados en años anteriores junto a Felix y nuestras correrías detrás de los ciervos mula (Buras) y los pumas en las montañas de Sonora.
Culiacan, la capital del estado de Sinaloa, en el oeste mexicano, se parece mucho a Hermosillo; su desorden y su olor, su luz, sus gentes y esa familiaridad tan querida del país hermano...
Todo allí funcionaba en forma distinta a las rígidas normas de su poderoso vecino del Norte. Sin ir mas lejos, la primera sorpresa empezaba con el control de aduana en el aeropuerto donde cada pasajero que llegaba tenia que apretar un botón para que se le encendiera un semáforo; si salía verde no te inspeccionaban, si te salía rojo te miraban hasta los calzoncillos.
La suerte decidía si eras o no presunto traficante y reforzando la teoría de la probabilidad, a uno de los tres nos tenia que tocar. Alfonso Sánchez Fabres fue el elegido y le miraron hasta el dobladillo de los pantalones.

En el aeropuerto ya nos estaba esperando Gilberto Salomon, el dueño de Patolandia Hunting Club, un joven empresario que había continuado con la organización fundada por su padre hace 23 años y que mostraba su entusiasmo por nuestra llegada dando grandes abrazos y enseñando una sincera sonrisa. Desde el principio me cayo bien, y al darse cuenta de que teníamos hambre, nos propuso comernos unos camarones en un chiringuito de carreta que nos supieron a gloria. Después de comer y realizar algunas compras en la ciudad, nos dirigimos hacia el campamento donde nos presentaron a nuestros guías y cocineras, piezas clave para tu satisfacción.

A la mañana siguiente, los graznidos de los patos que llegaban desde la laguna, acompañaron nuestro desayuno en el comedor. Afuera los secretarios o ayudantes apilaban sacos de cimbeles y realizaban viajes hacia los aerobotes, llevando los bidones de los cartuchos y nuestras escopetas. Gilberto nos recomendó que nos pusiéramos algo de abrigo, ya que el viaje hacia los puestos de tiro iba a ser largo y aun no apretaba el calor. Gilberto extendió en la mesa un gran mapa, y nos señalo los puestos que íbamos a ocupar; Alfonso volvería al puesto que había ocupado el año anterior, mientras que Felix y yo iríamos a la zona norte de la marisma, muy cerca del océano. De un puesto a otro habría algo mas de dos kilómetros para no molestarnos, ya que lo que no falta en Patolandia es terreno; mas de 14,000.00 hectáreas anegadas.

Tanto Felix como Alfonso, que ya conocían la cacería, me contaron infinidad de anécdotas de los años anteriores y la técnica que se empleaba en esta peculiar tirada de acuáticas; nos colocaríamos en los puestos alrededor de las 9:00 a.m., y allí empezaríamos a tirar las barras de patos que llegarían en todas direcciones y que estaban aquerenciadas a los tablazos donde se situaban los puestos. Esta primera etapa de la cacería solía durar un par de horas y después entrarían en juego los aerobotes y las habilidades de los secretarios que nos habían adjudicado. Ambos me comentaron la espectacularidad de la experiencia y me hicieron saber que nos quedaríamos asombrados de la precisión de los secretarios reconociendo los patos en el vuelo y llamándolos en el momento justo para que se tiraran en los alrededores del puesto.

Después de que los secretarios verificaran que no nos faltaba nada, se puso en marcha la comitiva. Nos proporcionaron unos auriculares, ya que el motor de los aerobotes era muy ruidoso, y, conducidos por los pilotos, comenzamos a discurrir por un laberinto de canales entre los manges, tules y carrizos. Tal y como nos habían avisado, una vez en el bote empezó a notarse el fresco por lo que agradecí a Gilberto su recomendación. Cada cazador iba en un aerobote, acompañado por su secretario. Alfonso desde su nave, me señalaba con el dedo los patos que se iban levantando a nuestro paso y hacia un gesto con los brazos de encararse una escopeta imaginaria. ¡Menuda afición!

Yo ya estaba deseando llegar al puesto, pues me parecía que habíamos empezado un poco tarde y que lo bueno de la tirada debería haber sido al amanecer. Esto se lo comente a mi secretario Omar a quien le dicen "El Zorro" en una parada que hicimos para que el otro aerobote acomodara a Alfonso en su puesto.

--No te preocupes me dijo El Zorro, tiraran muchos tiros. Este año ha entrado mucha población de Estados Unidos y Canadá. Este es uno de los lugares preferidos por los patos para invernar, y allá mas al norte, hace mucho frío. Si tenemos suerte podremos tirar incluso algún ganso, aunque el puesto a donde vamos no suele ser bueno para ellos.


¿Que tipo de patos crees que podemos tirar?

De todo. Hay muchas cercetas, bastante Pintail e incluso muchas Pichiguilas. Son los patos preferidos por Felix.

Al ir llegando a mi puesto, se levantaron ruidosamente cientos de patos; Maldije haber llegado tan tarde, y al comentárselo al Zorro, este simplemente me sonrío y me dijo: -- Volverán.

Ya en el puesto que por cierto estaba perfectamente oculto, me dispuse a observar al Zorro quien estaba con el agua a las rodillas, colocando los cimbeles de forma ordenada en el agua que teníamos delante. Unas cercertas por aquí, un cuchara mas allá, un grupito de rabudos pegados a los carrizos...... Todo tenia su orden y su razón de ser. A lo lejos oía algún tiro aislado de Felix, señal de que ya había empezado su cacería.

Poco tarde en tirar la primera barra de cercetas, algo altas fallando estrepitosamente los tres tiros. El Zorro me recomendo que los dejara llegar un poco mas ya que las iba a reclamar y podría tirar mucho mas cerca. El siguiente lance me lo proporcionaron una pareja de cucharas, que entraron muy blandos reclamados por el experto. El macho doblo entacado al primer tiro, y la hembra repullo con fuerza cayendo alicortada en el segundo. Cuando iba a rematar en el agua, el Zorro me señalo otra numerosa barra de cercetas que se acercaba, de la que descolgué dos con espectacularidad. Cuando menos pense había transcurrido una hora y ya había tirado mas de cien tiros. Mi secretario había salido en un par de ocasiones a cobrar los patos que teníamos alrededor del puesto.

Al poco tiempo empece a escuchar los motores de los aerobotes tal y como me lo habían informado mis compañeros y otra vez las volvieron a aparecer las barras de patos en el cielo. Nuevamente y con mucho mas ímpetu que al principio, llegaban las barras de patos por el mismo camino. Poco a poco veía que iba fallando menos; empece a tirar en su sitio y a adelantar los tiros en forma correcta, llegando incluso a hacer una serie de ocho patos en consecutiva. Incluso, me permitía el lujo de dejar pasar algunas cercetas cuando se adivinaban, en el horizonte, bandos de rabudos o de Pichiguilas.

Pasadas 5 horas, llego el aerobote y procedimos a levantar nuestros patos y equipamientos para regresar al campamento, en el camino nos acercamos al puesto de Alfonso, y me confeso que había tirado regular, cosa que no coincidía con la opinión de su secretario Ruben quien nos comento que no había visto nunca a nadie tirar igual de bien. La verdad es que haber hecho una media de 2 tiros por pato era mucho mejor de lo que habíamos conseguido Felix y yo.

Llegamos al embarcadero a media tarde. Los patos los colocaban colgados del pico en una armazón hecha especialmente para eso. Había sido un cacerion; mucho mejor de lo esperado. Alfonso me comento que había visto mas patos que nunca. Por la tarde, después de ponernos morados de tanto comer, decidimos ir a un pequeño pueblo llamado La Reforma, pues Felix se había empeñado en querer cantar con mariachis y visitar a los pescadores de camarones. Lo mas bonito de este país hermano es que te sientes rápidamente como en casa; y, aunque nos llamen gachupines, te sientes querido y hermanado de forma natural.

A la mañana siguiente se notaron las caras largas, unos decían que demasiado tequila, otros que el problema no era la cantidad sino la frecuencia, el caso es que por culpa nuestra salimos a cazar un poco mas tarde. Esta vez me toco un puesto mucho mas cerrado que el del día anterior. La tirada fue memorable. Un par de veces tuve que parar y racionar la cantidad de cartuchos puesto que no quería quedarme descargado. Elegí incluso el tipo de pato que quería cazar, sobre todo los machos de rabudos y de cuchara cosa que no creo pueda realizar en ninguna otra parte del mundo.

Pasamos 4 días excepcionales; recibiendo un trato magnifico por parte de la gente que trabaja con Gilberto, la comida fue fantástica, la limpieza y organización del club es algo de presumir y sobretodo la caceria que tanto nos gusta. Tanto es así que en el aeropuerto, al embarcar, le prometimos a Gilberto volver. Yo por mi trabajo desgraciadamente no he podido pero se que Alfonso y Felix repitieron y dejaron una estela de amigos que esperan ansiosos el mes de Enero y la llegada de los gachupines con sus locuras. Los patos, mientras siga haciendo frío en Canada y en el norte de los Estado Unidos, seguirán llegando para adornar el cielo de Patolandia con sus silbidos, sus plumas de colores y sus formidables formaciones.

Ramón Estalella

Last update:
May 20, 2005
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